Sobre libros póstumos

Van cinco años dese que murió Roberto Bolaño. Cinco años en los que el mito creció y, curiosamente, a pesar de estar muerto, la cantidad de obras publicadas también. Porque inmediatamente después de su deceso se inició el estudio de sus archivos, revisaron su computador, carpetas, papeles escritos a máquina y unos cuantos a mano. Mucho material de desecho y otro tanto inédito. Entre ellos la primera novela de Bolaño,  El Tercer Reich, de 350 páginas, y que espera ver la luz en 2010. Entre ellos, también, otras dos novelas: Diorama y Los sinsabores del verdadero policía o Asesinos de Sonora. La primera trata de la historia del vigilante nocturno de una sala de cine frecuentada por un público de tercera edad y cuyo propietario sentía el aliento de la mafia tras él. La segunda, se desvela el misterio de la fuga de Amalfitano, un motivo sorprendente que explica muchos cabos sueltos del personaje, y que adquiere, así, a la luz de este texto, nueva dimensión y que podría considerarse la sexta parte de 2666.

La carrera por la busca de este tipo de material no es nuevo. Mucho menos un acto altruista de rescate, después de todo es un buen negocio para las editoriales. Y hasta es una buena trama novelesca. De hecho Henry James, escribió “Los papeles de Aspern” inspirado en una anécdota en la que, un amigo suyo, intentó obtener unas cartas que Lord Byron le escribiera su última amante.. Una ficción – como se supondría de un naturalista-  no muy lejana de la realidad. Aunque en el caso de Bolaño adquiere cierto tono irónico. Decía Borges respecto de la Dickinson (conciderando que toda su obra es póstuma), que “el destino de un escritor no siempre tiene que ver con publicar”. El mismo Bolaño en sus notas afirma que estar “seguro de que moriré inédito”, y extrañamente parte de su mito crece en relación a la parte no publicada de su obra.

 

Existe cierta mitología ligada los libros, y es difícil negar que los libros tienen (y marcan) su propio destino. Algunos destruidos o perdidos, como la biblioteca con las obras filosóficas de los maestros confucionistas que quemó el emperador Qin Shi huang;  los códices aztecas destruidos por orden de Hernán Cortés, y los libros de alquimia de la enciclopedia de Alejandría quemados en el 292 por el emperador Diocleciano. Son en parte su mito, pero también están los menos heroicos, esos que, por algún motivo, se quedaron guardados en un cajón. Ya sea por decisión del autor o los editores que en su momento no le dan mérito, es innegable que parte de la literatura ha sido un descubrimiento. Ahí están los libros póstumos de Vallejo; o las “Investigaciones filosóficas” de Wittgenstein (un sistema casi opuesto al “Tractatus…”);   el “Umbral”, de Juan Emar; casi la totalidad de la obra de Kafka;  “París era una fiesta”, de Hemingway (una suerte de biografía novelada que, para ciertos lectores voraces, resulta irresistible pues muchos de sus personajes son escritores como Ezra Pound y Scott Fitzgerald. ) Y por otro lado, en este caso aún mucho menos heroico que la glamorosa quema de bibliotecas o que la muerte de un escritor, están los libros no sujetos a criterios comerciales de los editores. Un poco miopes, pero a Lampedusa le rechazaron “El gatopardo”, y a Julio Cortazar “El exámen”.

 

 

Top de libros perdidos

 

"Visita del joven Shakîr Wa'el a Granada". Escrito –tal vez – entre los años 1258 a 1260, se encontró en París alrededor del año 1930. El manuscrito en francés de la "Visite du jeune Shakîr Wa'el à Grenade" estaba traducido directamente de un texto persa.

 

“Zendavesta”. El texto original del “Avesta”, fue quemado por órdenes de Alejandro Magno, y reconstruido de memoria. Esta reconstrucción se tituló  "Zendavesta" (Comentario del Avesta), por orden del príncipe sasánida Ardasir I, en el siglo III d. C. Según la tradición oral, el libro original constaba de frases que podían dotar de inmortalidad a sus creyentes.

“Palimpsesto de Arquímedes”.  Fue originalmente una copia en árabe del texto de Arquímedes "uso de medios mecánicos para demostraciones geométricas". Posteriormente fue borrado y usado para escribir salmos y oraciones de un convento. En 1906 fue encontrado en la biblioteca de Constantinopla. Su estudio se postergó producto de la Primera guerra mundial. Así, quedó en posesión de la biblioteca de Constantinopla y pronto desapareció. Reapareció en Francia tras la guerra. Actualmente se está traduciendo la totalidad del libro.

“Textos de Kafka perdidos por los nazis”.  A su muerte, dio instrucciones a su amigo y albacea literario, Max Brod, de que destruyera todos sus manuscritos. Su amante, Dora Diamant, cumplió sus deseos pero sólo en parte. Dora guardó en secreto la mayoría de sus últimos escritos en su poder, incluyendo 20 cuadernos y 35 cartas, hasta que fueron confiscados por la Gestapo en 1933. Actualmente se halla en curso una búsqueda de los papeles desaparecidos de Kafka a escala internacional.

 

 

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